EDITORIAL: LOS DESAFIOS DE MASSA VAN MAS ALLA DE LA CRISIS PUNTUAL

El nevo Ministro de Economía sabe que el capital humanos es clave, más que nunca ahora donde el valor agregado de cada individuo hace la diferencia y que la tecnología nos llevó a necesitar diferenciarnos por el tipo de personas que componen nuestras organizaciones.

El nuevo Ministro de Economía tendrá la difícil tarea de encauzar con urgencia el rumbo de un Gobierno desorientado. La especulación del campo y los formadores de precios, los trabajadores marcando la cancha desde la CGT y la necesidad de una recomposición del salario por decreto.

La crisis desatada por la renuncia de Martín Guzmán no hizo más que profundizarse en las pocas semanas que duró Silvina Batakis al frente de Economía. La designación de la ex ministra de Daniel Scioli y las señalas iniciales que intentó enviar al mercado no fueron suficientes para calmar la presión devaluatoria de los sectores concentrados de la economía, que llevaron al Gobierno del Frente de Todos al borde del precipicio. Fue necesario un volantazo político de 180 grados para, al menos, mostrar una iniciativa más fuerte que le diera al Gobierno una sobrevida por ahora confirmada.

Sergio Massa, un político que jamás ocultó su ambición de poder y sus deseos de llegar a los más alto en la conducción del país, terminó consiguiendo lo que el albertismo no había querido concederle ante la renuncia de Guzmán. El nuevo superministerio de Economía, que nuclea también Producción y Agricultura, es una especie de botonera casi total de la economía argentina en manos del tigrense. Pensar en el tiempo que se perdió desde la renuncia de Guzmán hasta ahora para llegar a la misma decisión, es como llorar sobre la leche derramada. De lo que se trata es de mirar hacia adelante y clarificar los desafíos de la nueva figura estrella del FDT, los cuáles no tendrá mucho tiempo para resolver.

Massa contó de entrada con un elemento determinante, que le fue esquivo a sus dos predecesores: el apoyo de Cristina. La vicepresidenta, que bombardeó hasta derribarlo a Martín Guzmán y se reservó su silencio frente a Silvina Batakis, se sacó el lunes pasado la foto de bendición con el nuevo superministro. Su hijo, Máximo Kirchner, quien renunciara a la presidencia del bloque oficialista en diputados por sus diferencias con el acuerdo con el FMI que Massa se encargó de hacer aprobar, lo abrazó en plena sesión y en medio del recinto tras su renuncia. Un apoyo política indispensable para la difícil tarea de alinear intereses contrapuestos, como la que tendrá que encarar el ex presidente de la Cámara Baja.

El tiempo viene corriendo hace rato y ya escasea. Tiempo de descuento para un Gobierno que hoy deposita todas sus esperanzas en Massa, pero que difícilmente podrá brindarle un plazo mayor a unos 60 días para que empiece a mostrar resultados. Quizás el apoyo real del kirchnerismo se vaya viendo en ese proceso, y ante los eventuales logros o fracasos de Massa en ese plazo.

Por un lado, el tigrense deberá frenar la presión devaluatoria contra el peso y estabilizar los mercados. La debilidad estructural en la que se encuentra el país debido a la falta de reservas es una condición de fragilidad extrema, y un enfrentamiento a todo o nada con los sectores económicos concentrados desde esa posición es un riesgo duro de asumir. Son esos mismos sectores los que, afincados en los grandes productores agropecuarios, retacean la liquidación de exportaciones y privan al país de dólares tan necesarios en la situación como agua en el desierto. La especulación y la presión política están a la orden del día y Massa deberá lidiar con esos actores de la vida nacional que sólo juegan para sus propios intereses, ya que su capacidad de daño está hoy magnificada.

Pero el Frente de Todos llegó al Gobierno para defender los intereses populares y no puede olvidarlo. Sin una recomposición rápida y efectiva del salario no hay supervivencia posible para el peronismo. Allí el abanico de opciones es amplio, e incluye desde un adelantamiento de paritarias a los aumentos por decreto que alguna vez utilizaran Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner a la salida de la crisis del 2001 para recuperar el pulverizado poder adquisitivo de la mayoría de la población.

La ventaja de un aumento por decreto es que es más progresivo y directo que las paritarias. Para un trabajador que cobra $50.000, un aumento hipotético de $20.000 significaría casi un 50%, mientras que para un salario de $200.000 representaría sólo un 10%. Además, la capacidad de lograr aumentos considerables en paritarias depende del poder de cada sindicato, por lo que un aumento igualitario por decreto alcanzaría en forma pareja a todos los trabajadores, beneficiando más a los más desprotegidos.

Allí entra a jugar otro factor de presión y de poder: el movimiento obrero organizado. Las paritarias significan el peso específico de los sindicatos, y si el Ejecutivo elige ir por la vía del decreto estaría salteando esa representación de las centrales obreras. Con la deuda que las mismas le reclaman al Estado por unos $30.000 millones de pesos, esa decisión podría significar subir la tensión política entre ambos actores, con la marcha de la CGT convocada para este mes a la vuelta de la esquina. Sin embargo, resulta difícil creer que si Massa consigue los dólares que está buscando vaya a destinarlos a saldar esa deuda con las centrales, y habrá que ver cuál será el apoyo del movimiento obrero organizado al nuevo superministro y cuánto durará.

Todo se resume al éxito o fracaso que pueda lograr Massa en su objetivo de estabilizar la economía, frenar la escalada inflacionaria y recuperar el poder adquisitivo de los salarios. Antes de fin de año podría llegar una nueva sentencia si es que no lo consigue. Si lo hace, en cambio, verá allanado el camino que siempre quiso recorrer hacia una candidatura presidencial con todo el peronismo alineado detrás suyo. Corre el tiempo de descuento y hacen falta goles para levantar el partido.

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